jueves, 16 de octubre de 2014

"CROQUETAS Y WASAPS" DE BEGOÑA ORO (2013)

Compré este libro por su curioso título y porque no dejaba de leer buenas críticas por todas partes. Además, tenía ganas de probar a esta autora zaragozana que ganó en 2011 el Premio Gran Angular por "Pomelo y limón", otra novela que no dudaré en leer próximamente.

Confieso que no me he puesto con él en mi mejor momento anímico y que esto ha podido influirme, ya que como dice la propia novela: "Hay días en que uno siente que no es justo que salga el sol. Hay días que piden lluvia a gritos"... Por lo que, a pesar de ser relativamente corto, a ratos me resultaba pesado y no me decía nada especial...

Hasta que, de repente, llegaron unas croquetas y me destrozaron por dentro. Sí, algo tan simple como unas croquetas me hicieron llorar y llorar por lo que simbolizan en la novela... Y volviendo a citar otra de sus frases: "Y hasta ahí te cuento, porque nunca me verás soltando un spoiler. Hay un círculo especial en el infierno para aquellos que te chafan el final de un libro o una película, y está lleno de gente, pero no me busques a mi ahí".

Hacía mucho tiempo que una novela no me hacía sentir así ni me revolvía tanto. Me ha encantado el estilo tan fresco y personal que tiene esta escritora para hacer de una historia sencilla algo especial y diferente y, sobre todo, el mensaje final del libro.


"Me quedé mirando la pelota compacta sobre la alfombra verde.

Suspiré. Me levanté. La recogí. La volví a extender con cuidado sobre la mesa y pasé la mano varias veces por encima para desarrugarla. Era inútil. Daba igual que pusiera aquel papel debajo del quinto libro de Harry Potter o bajo toda la saga. Jamás volvería a su ser. Hay marcas que se hacen de una vez para siempre. Y las arrugas de ese papel, las arrugas de mi rabia y mi pena, las arrugas de toda una vida deseando que alguien te quiera para que luego solo te quiera 3 días no las habrían podido eliminar ni 100 chutes de bótox ni una aprisionadora de autopistas"


"En ese momento podrías haberme mirado con la cara que quisieras, que no me enfadaría ni te quitaría la razón: estaba LOCA de contento. Y solo quería regodearme en mi triunfo, que cuando algo buenos nos pasa, hay que saber vivirlo. Hay que lanzarse de cabeza a esa piscina de felicidad, zambullirse sin miedo, perder el traje de baño, empaparse el pelo, irritarse los ojos, tragar agua, apurar hasta quedarse casi sin aire... Dame todos los daños colaterales de la felicidad, pero dame felicidad"


"Me habría encantado que Unai tuviera la misma capacidad que yo, porque así habría oído lo que no llegué a decir, mi excusa para hacer eso que ha podido parecerte una barbaridad: comparar esos dolores, el dolor de Unai, o el dolor que podía estar sintiendo mi abuelo o mi madre, o yo misma, por la muerte de mi abuela, con mi dolor porque Lucas no me quisiera; era como comparar una herida mortal con una raspadura que no merece ni una tirita. Pero prueba a estar dentro del dolor, prueba a quitar importancia a un dolor cuando estás dentro de él. Prueba a medir el sufrimiento. ¿En qué unidad de medida? ¿En número de punzadas? ¿En litros de lágrimas? ¿En metro de clínex usados?

Cuando fui a París con mi padre, se empeñó en visitar un museo aburridísimo, el Museo de Pesas y Medidas. Allí tienen el metro, el kilogramo y todas las medidas que te puedas imaginar. Pues ni ahí encontrarías con qué medir el sufrimiento. No hay lugar más alejado del Museo de Pesas y Medidas de París que el interior de un dolor"


""Hay que saber decir adiós", dijo mi abuelo. Qué gran verdad. Si algo había aprendido desde que estrené aquel gloss que pretendía ser una trampa para moscas, es que hay que saber decir adiós, pero no solo a los muertos. Por encima de todo, hay que saber decir adiós a los vivos que no nos hacen felices y a los que no podemos hacer felices. Lo demás es hacer el imbécil. Lo demás son telarañas"