sábado, 10 de noviembre de 2012

"LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS" DE TORCUATO LUCA DE TENA (1979)

Todas las críticas que había leído sobre este libro, que ya tiene unos cuantos años, eran buenas así que tenía que leerlo; además que el argumento prometía: "Alice Gould es ingresada en un sanatorio mental. En su delirio, cree ser una investigadora privada. La extrema inteligencia de esta mujer y su actitud aparentemente normal confundirán a los médicos hasta el punto de no saber si fue ingresada injustamente o en realidad padece un grave y peligroso trastorno piscológico".

Lo que más llama la atención es que su autor, premiado escritor y periodista español, se internó 18 días en un psiquiátrico de verdad como enfermo para documentarse. Así que no hay duda de que sabe de lo que habla.

Lo que menos me ha gustado es el estilo narrativo... Me resultaba un poco pedante y a veces excesivamente repetitivo. Las descripciones son muy detalladas y hay bastantes personajes por lo que es fácil perderse.

Reconozco que la historia es interesante y el personaje de Alice Gould está muy bien logrado, pero me esperaba otra cosa.


"El doctor don Teodoro Ruipérez ojeó los papeles que el enfermero acababa de depositar sobre su mesa. Todo estaba en regla: la solicitud de ingreso, firmada por el marido como pariente más próximo; el informe médico aconsejando el internamiento y el oficio de la Diputación concediendo la plaza. El médico leyó a trozos el formulario oficial: Nombre de la enferma: Alice Gould. Nombre del pariente más próximo: Heliodoro Almenara. Parentesco: Marido. Ultimo domicilio: Madrid. ¿Ha estado recluida anteriormente?: No. Diagnóstico provisional: Paranoia. Firma de colegiado: Dr. E. Donadío. El reconocimiento de firma del delegado provincial de Medicina era ilegible.

Además de estos papeles había una carta particular del doctor Donadío al director don Samuel Alvar. Como éste disfrutaba de sus vacaciones, Ruipérez se consideró autorizado a abrirla.
 

Es condición muy acusada en esta enferma —se decía en la carta— tener respuesta para todo, aunque ello suponga mentir (para lo que tiene una rara habilidad), y aunque sus embustes contradigan otros que dijo antes. Caso de ser cogida en flagrante contradicción, no se amilana por ello, y no tarda en encontrar una explicación de por qué se vio forzada a mentir antes, mientras que ahora es cuando dice la verdad. Y todo ello con tal coherencia y congruencia que le es fácil confundir a gentes poco sagaces e incluso a psiquiatras inexpertos. A esta habilidad suya contribuyen por igual sus ideas delirantes (que, en muchos casos, la impiden saber que miente) y su poderosa inteligencia.

Guardó el doctor Ruipérez los papeles, con intención de leer en otro momento con mayor cuidado el historial clínico, y pulsó el timbre. Observó con curiosidad y atención a la recién llegada. Aparentaba tener poco más de cuarenta años y era muy bella. Tenía más aspecto de una dama sajona o americana del Norte que el común en una española: la piel muy blanca, ligeramente pecosa, labios atractivos, nariz aristocrática, pelo rubio ceniza, tal vez teñido, tal vez natural (que de esto el doctor Ruipérez no entendía mucho), y manos finas, de largos dedos, muy bien cuidados. Vestía un traje claro de color crema, como correspondía a la estación (muy próxima ya al verano), y enganchado al borde del escote un broche de oro y esmalte, que representaba una flor. "Demasiado bien vestida para este centro —pensó Ruipérez—. ¿Dónde cree que viene? ¿Al casino?""